El adversario se transformó en enemigo, la discrepancia trocó en odio, la posibilidad se volvió certeza, la mentira en una convincente verdad y la verdad en una gran mentira. ¿Cuándo ocurrió todo esto? Esa pregunta científica para poner el punto del antes y el después no sirve. Más importante es tratar de descubrir por qué pasó, ¿por qué se llegó a esta ausencia de matices en el medio? Es "K" o anti "K", es Harvard o La Matanza, es popular o gorilaje, es Venezuela o EEUU, protesta democrática o manifestación destituyente, es Cristina o el caos. En el medio, nada. Ubíquese. Es aquí o es allá. Nada de brillo propio o un gris brillante o apagado. En el plano nacional toda discusión política conlleva este marco extremista, centrado donde Dios atiende, en Buenos Aires.

A 1.200 kilómetros del centro de la desunión nacional, en Tucumán, ¿las conductas son similares? En el fondo se parece, pero aquí hay una gran diferencia: existe una fuerte concentración de poder y una mínima expresión opositora, tan mínima que al oficialismo ni le preocupa; por eso, porque está reducida a unos pocos nombres en la Legislatura. No hacen tanto barullo, o si lo hacen, sus voces son sólo alertas que terminan perdiéndose. ¿Qué puede temer el alperovichismo en la provincia? ¿Qué grado de comparación puede tener con el cristinismo a nivel nacional? ¿José Alperovich puede temer que surja un líder opositor que pueda hacerle sombra? No. La única preocupación del gobernador pasa porque los sucesos políticos determinen si será él o su esposa, Beatriz Rojkés, quien encabezará la lista en 2015. Hasta el momento nada externo hace zozobrar su gestión. Nada hay fuera de su campamento que lo haga inquietarse.

Sí hay hechos internos que pueden afligirlo. Por ejemplo: la investigación sobre la riqueza de su vicegobernador, las irregularidades en la DAU, el poco respeto por la calidad institucional, el amayismo y un incipiente sindicalismo opositor. No son muchas adversidades, pero dañan. Tal vez no alcancen para evitar otros cuatro años más de alperovichismo, en especial si se sigue manteniendo el afinado esquema de sumisión a través de la caja. Lo que sí se puede deslizar es que el mantenimiento del alperovichismo en el poder significará el debilitamiento del peronismo como expresión sostenedora del gobierno. ¿Cómo? Parece una afirmación extremista, propia de estos tiempos. Sin embargo, baste considerar unos cuantos aspectos de la administración para sostener tamaña osadía: algunos funcionarios fueron obligados a afiliarse al PJ, no hubo recambio de funcionarios en un gabinete que ya es "viejo", no hubo demasiadas figuras provenientes del peronismo en los puestos de gestión, se abrieron las puertas para que extrapartidarias llegaran a lugares más expectantes en el Estado, y pequeños grupos de peronistas se nuclearon en torno de figuras que llevan la doctrina en sus venas.

Encima, al gobernador sólo le interesa el PJ como herramienta electoral. Su contenido ideológico le importa poco. Su método de trabajo se basa en el más puro pragmatismo: siempre por el camino que más conviene y mejor le reditúa. Su actitud de obediencia hacia el poder central es un ejemplo que imitan los políticos provinciales hacia su persona. Un esquema aceitado. Como dijo un forista respecto del accionar del titular del PE: es inteligente porque hace lo necesario para conseguir lo mejor para la provincia. Es de una lógica impecable, spokiana. Así consiguió ser gobernador tres períodos. Aplausos. Ahora bien, si todo lo que hizo fue gracias al Gobierno nacional, ¿qué marca propia dejará su gestión? Con recursos cualquiera es buen gestor, un buen político tiene otro rasgo. La sumisión no es uno de ellos.